La Fuerza De Un Nombre

¿Cómo dices que te llamas? ¡Ah, perfecto! Es un nombre bonito. Si es lo suficientemente distinto, es probable que lo recuerde unos cuantos días más. Si no es así… ¡Adiós!

Ésa es la manera. Funcionamos más o menos así. Conocemos a alguien, probamos un nuevo producto, leemos algo sobre… Hay un nombre. Es la fórmula para relacionar cosas. Para recordarlas y reconocerlas.

Cuando los nombre se recuerdan, todo se hace más fácil. Si no hay un nombre, quizá no merezca la pena recordar más.

Un negocio de décadas

Reuben Mattus creció ayudando a su madre en el negocio familiar. Era el encargado de conducir un carro tirado por un caballo en el Bronx. Desde allí vendía los helados que su madre fabricaba.

A lo largo de los años, Mattus desarrolló su pasión por la calidad. ¿Su idea? Fabricar un helado con las mejores materias primas. Un Helado de primera calidad. El mejor.

El negocio evolucionó más o menos durante los años ´30, ´40 y la década de los ´50.

En 1959, las cosas empezaron a ir peor. Las ventas flojearon y la compañía pasó por malos momentos. Había que hacer algo.

Una gran idea

Los helados eran buenos. Los sabores eran fantásticos. Cremosos. Ningún helado era tan cremoso. Todo estaba en su sitio. Todo… excepto los clientes. Eran pocos. Necesitaban más.

Mattus tuvo una gran idea. No tenía nada que ver con el producto. El producto era bueno. Utilizaban las mejores materias primas. Era cremoso. No, no era cuestión del producto.

Era el marketing. La forma en la que presentaban el producto. El producto era bueno, pero su nombre no. Un helado bueno con nombre malo es igual a un helado más. Ahí podía estar la solución.

Mattus decidió cambiarle el nombre al producto.

¿Qué hay en un nombre?

Muchas cosas. Una de ellas es un negocio. Mattus cambió el nombre de sus helados. Los llamó “Häagen-Dazs”. Cambió el nombre de sus helados y ahí cambió el rumbo de su negocio.

El producto era bueno, pero no vendía demasiado. Ahora, el producto era el mismo, pero era distinto. Era distinto porque tenía un nombre distinto. Más atractivo. Más memorable. Más raro.

¿Los clientes? Bueno, los clientes llegaron. Compraron. Enloquecieron. Sencillamente, querían más. Más cantidad de ese helado con nombre raro.

El nombre

¿Qué significa Häagen-Dazs? No significa nada. No es el nombre de nada. No hace referencia a nada. Sólo es un nombre inventado que suena exótico. Un nombre que recuerda algo nórdico.

¿Por qué? Por eso. Porque es exótico. Porque recuerda a algo europeo. Tradicional, artesano. Algo distinto e interesante.

Un nombre fue suficiente. El producto lo tenía. Era bueno. No fallaba. Fallaba la forma de conectar. La manera de despertar el interés de la gente. Le cambio el nombre. Lo hizo memorable y solucionó el problema.

Los nombres tienen esa fuerza. Una fuerza increíble. Cuando el nombre de tu producto es vulgar, tus productos son vulgares. Cuando son distintos, cuando enganchan, tus productos pueden ser tan buenos como los de Häagen-Dazs.

Salvador Figueros

Foto: Lori L. Stalteri / flickr

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